
Peinan canas ellos y peinan calvas también en el patio de butacas. Pero entrecerrando los ojos se ve que hay varias generaciones representadas entre el público del Teatro Capitol de la Gran Vía madrileña para ver a “Faemino y Cansado”. Los hay coetáneos a ellos, baby boomers, pero también mucha Generación X, y algún milenial de primera hornada (que se ha dado cuenta de que en realidad es cuarentón como aquéllos a los que en su día miraba caminando hacia el horizonte).
Hay poca generación Z en un graderío lleno hasta la bandera, pero los centenials están representados por el humor que han heredado de estos dos cómicos sus propios referentes humorísticos. Desde el principio, con una entrada que no funciona, se pueden ver las trazas (como las alergias) faeminescas y cansadas en la comicidad que practican Buenafuente, Berto o Broncano. Una libertad y una naturalidad que se practica en la crítica cómica de hoy en día que llevan ejerciendo Faemino y Cansado desde hace décadas.
Porque lo importante del buen humorista es hacer crítica social, sin necesidad de hacer chistes de políticos ni de familia. Faemino y Cansado lo han hecho deformando lo cotidiano, lo genérico y lo específico. En “17 veces” lo hacen con el manejo de sus más punzantes armas: el verbo, los tiempos y una complicidad cuajada desde hace más de treinta años. Hay algo muy especial en sus espectáculos, y es ver al “risa-fácil” que es Javier Cansado partirse con algún exabrupto improvisado de Faemino, y entender que su unión mantiene la chispa.
Lo otro que manejan con soltura y admiración es el lenguaje. Los mejores cómicos son dueños de un lenguaje culto que usan a su antojo. En su último espectáculo, viajan a través de narraciones poco heroicas por ciudades alemanas, safaris africanos, Moncloa, hasta llegar a Alcorcón.
Entre los latigazos que arrean, hay una chufa sobre su propio espectáculo: sin escenografía, ni efectos, ni invitados, ni vestuario (limitado a tirantes rojos y azules) compiten con las grandes producciones de la Gran Vía. Mientras ellos se relajan no haciendo casi nada sobre el escenario, hay en el teatro contiguo al suyo, un actor que sufre por el (mucho) perifollo y maquillaje que tiene que ponerse antes de bailar, cantar y actuar para El rey León. Ahora bien, cuando llega la taquilla, ellos con menos hacen igual de caja. Chúpate esa. Genio y figura.
Estos señores están por el Teatro Capitol de la Gran Vía este comienzo de año. Yo puedo presumir de haberles visto, más de una vez, en la sala Galileo Galilei hace demasiados años. La fe, ya se sabe, hay que renovarla, así que muy orgullosa de haber engrosado ese patio de butacas correoso. Menudo rato bueno.
La clá
www.lacla.es
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Faemino y Cansado.

