
Fue en torno a 2011 cuando la obra del periodista sevillano Manuel Chaves Nogales (1897-1944) comenzó a rescatarse por varias editoriales. Creo no equivocarme al decir que ha sido la editorial Libros del Asteroide la que está detrás del éxito revivido de los títulos más insignes de este fabuloso cronista de nuestra primera mitad del siglo XX. Hay un libro imprescindible, “A sangre y fuego”, que es un relato demoledor de nuestra condición (humana y nacional), que Chaves Nogales publicó en 1937. Desde su reedición hace ya diez años, viene destacando como uno de los libros más leídos. El relato, cruento y estremecedor, debería ser lectura obligatoria por cualquiera que ame nuestro país.
Chaves Nogales también fue un inmenso relator de la condición humana. También editado por Libros del Asteroide, pueden leerse un par de biografías, la del maestro del baile Juan Martínez, y la del torero Juan Belmonte. La segunda es una deuda que uno debe saldar como lector. Imposible no disfrutar con “Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas” (1935).

En la novela “El maestro Juan Martínez que estaba allí” (1934), Nogales, como cronista, cuenta las hazañas del bailaor y su mujer. Se trata de una odisea de supervivencia por Rusia, pero una odisea sin heroicidad. Un viaje en el que hay más camino que hazañas, pero en el que, a través de los encuentros con espías, bolcheviques y nobles, se traza una mirada muy sombría hacia el ideal de la colectividad y del comunismo.
Juan Martínez es un cómico en tránsito, un pobre hombre curtido en su arte y en la supervivencia. Miguel Rellán, que es un actor de sutiles profundidades, se embarca en una narración hecha en primera persona, que se convierte en un cuento que arropa en los fríos días de invierno. Un escenario que es un ruedo, o un tabláo, o una mesa quirúrgica, porque más vacío no se puede mostrar. Y en el centro Rellán, totalmente expuesto, con su relato y su voz para darle vida. Envuelto con la luz del maestro Juan Gómez – Cornejo.
Con lo que más he disfrutado de este monólogo de Rellán ha sido con su dominio de la comicidad gestual. Brazos que se alzan para improvisar un bailoteo, que se bajan y contonean. El cuerpo como herramienta para el subrayado, para manejar las pausas y los momentos de emoción. Un ejercicio de narrador virtuoso, de amante de la buena historia.
Mis intérpretes preferidos, los que más estimo, son aquéllos que son capaces de expresar la dureza de la vida, el melodrama de los acontecimientos, pero con un punto de dulzura. Como Giuletta Masina en La strada (1954). Miguel Rellán pertenece a ese olimpo.
La clá
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El maestro Juan Martínez que estaba ahí. Teatro Abadía.
Duración aproximada: 70 minutos.
Imágenes de Javier Naval.

