
La Bienal de Artes Contemporáneas (BoCA) es un puente artístico que este año ha pivotado entre Madrid y Lisboa, con exposiciones y happenings en las dos ciudades. A Madrid, esta edición de 2025 trajo una valiente propuesta artística en el terreno de las artes escénicas. El Museo del Prado, cada vez más cercano a nuevas colaboraciones artísticas, aceptó la invitación de organizar en sus salas un recorrido entre espectadores y artistas con el marco de sus salas y sus pinturas de fondo. La iniciativa corre a cargo del área de educación del Museo del Prado cada vez más activa en convertir al Museo en un escenario en el que acercar el arte a la sociedad a través de distintas manifestaciones.
Bajo el título “Palabras y gestos” la Bienal ha invitado a cuatro artistas teatrales – Tiago Rodrigues (Portugal), Patrícia Portela (Portugal), Angélica Liddell (España) y Rodrigo García (Argentina/España) – a escribir y dirigir creaciones inspiradas en obras de la colección del Museo del Prado: “Perro semihundido” de Francisco de Goya, “El 2 de mayo de 1808 en Madrid o La lucha con los mamelucos” y “El 3 de mayo en Madrid o Los Fusilamientos” de Francisco de Goya, las ocho Musas de Villa Adriana y “Marte” de Diego Velázquez, respectivamente.
La propuesta se desarrolló durante tres horas largas, por la noche, una vez cerrado el Museo. Un grupo de unas cincuenta personas fuimos recorriendo distintas salas en las que nos esperaban los artistas y actores para presentar cada acto artístico. Mirado en conjunto el resultado es como un libro de relatos a cargo de distintos autores, o los cortos de aquella película tan fabulosa que es Historias de Nueva York (1989), en la que Scorsese, Coppola y Allen se atrevieron a mostrar su mirada sobre la ciudad.
Inevitablemente colocar cuatro escenas de manera sucesiva lleva a apreciarlas de manera comparativa. Los artistas han podido jugar en las salas del Museo y elegir en torno a qué imágenes desarrollar su lenguaje. Los responsables del Museo del Prado advirtieron antes de iniciar la representación: hay que estar en movimiento, e inevitablemente alguna imagen nos apelará particularmente, pero hay que continuar y evitar la tentación.
Rodrigo García.
Rodrigo García estuvo a cargo del arranque. Eligió a un grupo de niños para espetar un texto (como es habitualmente su escritura) con una potencia innegable. En su planteamiento los niños, con sus voces infantilizadas, creaban un contraste con el significado de las palabras, muy pegadas al terror de la guerra. El cuadro “Marte” (c. 1638) de Diego Velázquez servía de leitmotiv para la escenificación. Tengo mucho interés en leer el texto que espero edite La Uña Rota para disfrutarlo más a fondo. En la ejecución escénica, Rodrigo García ha experimentado con la asonancia y la distorsión a través de las voces infantiles amateurs enfrentadas a un texto violento sobre destrucción y guerra. A ratos, la repetitiva y odiosa sonoridad de las declamaciones pueriles parecía un experimento sonoro del compositor John Cage (1912-1992).
Tiago Rodrigues.
El dramaturgo portugués creó un encantador cuento con un perro guía a lo largo de diferentes estancias del Museo del Prado. De todos los artistas es, sin duda, quien más se ha atrevido a comunicarse con las piezas del museo. La primera parte se desarrolló en las escaleras, jugando a que los intérpretes tradujeran los pensamientos del perro guía. De ahí a la sala de pinturas historicistas, terminando frente al perro semihundido de Goya. Me atrevo a decir que es la propuesta artística que más complació al público en general. Los intérpretes, además, hicieron un trabajo evocador de altura.
Patrícia Portela.
Frente a los fusilamientos del 2 de mayo, Patricia Portela desplegó una performance que tenía un tono lectivo, con las actrices jugando a ser guías de la historia y guías del museo.
Angélica Liddell.
Plato fuerte de la propuesta escénica, la recién galardonada Premio Nacional del Teatro 2025, Angélica Liddell, fue tremendamente habilidosa escogiendo el espacio escénico. La Liddell incide cada vez más en la propuesta plástica de sus representaciones. Inteligente como es, nos emplazó en el mayor espacio teatral del museo, la sala de las musas, impregnada de un rojo que parece le pertenece a la artista. La sala de las musas olímpicas (que datan del período 130 – 140 d.C.) es un espacio ovalado en el que las esculturas se colocan, seductoras, en semi círculo. De las ocho musas falta una, que podría ser la propia Liddell si hacemos caso al título de la pieza, Las 20 jornadas de la Musa de Sodoma. Con el rojo pompeyano de fondo, ideado para esta sala por el arquitecto Rafael Moneo, la artista escénica colocó un enorme ataúd de madera clara de pino en forma de cruz (escenografía que se comunica con su reciente pieza Dämon. El funeral de Bergman). Delante, sobre un suelo, una disposición en hilera cuadrada de servilletas con puntilla manchadas con restos de regla o fluidos. A cada lado, enormes rollos de papel amenazantes.
¡Sabia!, ¡sabia es la Liddell!, ella sabe infundir el terror sin desplegarlo. ¿Para qué los rollos? ¿Para qué los trozos delicados de tela que contienen testimonio de desgarros?… Y ni rastro de la artista, hasta que empezamos a oír su voz, que se convierte en un relato en tercera persona de sus muchas muertes. Dice una canción de Nacho Vegas (Maravillas de la condición humana”) que “…todo el mundo fan-ta-se-a con una muerte dra-má-ti-ca”. Y así parece haberlo querido también Angelica Liddell. Durante un cuarto de hora largo, en su taladradora y atronadora voz, asistimos perplejos a la narración en primera persona de su muerte. Son relatos sexualizados de una muerte perpetrada, en algunos casos, por las más altas instancias del Estado. Una mofa sobre la feria de vanidades que es la sociedad actual, y que baila al son incluso de su propia fama.
Luego apareció ella. Jamás tan cerca para el público. Vanidosa, como suele serlo, en un bellísimo vestido verde. Siempre jugando con los choques entre escatología y delicadeza, como si el terror surgiera de la belleza. A pocos metros hay que reconocer a la Liddell un poder místico creado a base de su ultra-violencia escénica. Entre el público había cierto pavor hacia sus movimientos. Terminada su declamación la artista se acercó a un cuadro para luego hacerse una lavativa anal. Aparecieron luego Yuri Ananiev (como querubín en pelotas) y Sindo Puche (al que la artista le regala una felación inacabada).
Es condición humana que las andadas liddelianas vayan siempre seguidas de risitas o exclamaciones de estupor. Como si no pudiéramos ver en recogimiento y sin escandalera sus habituales meadas y tocamientos. Y mientras siga habiendo tanta mojigatería, seguirá ella jugando a escandalizar vacuamente. Ahora bien, estando yo desengañada con algunos de sus más recientes recursos escénicos, confieso que esta performance del Museo del Prado fue de los ejercicios más poderosos que le he visto recientemente. Ella siendo tan plástica, tan iconoclasta, tan veneradora del arte y destructora al mismo tiempo, ha encontrado en las salas de la más importante pinacoteca un marco perfecto para sus tremendas ejecuciones. Los teatros le sabrán pronto a poco.
Afortunadamente los rollos de papel enormes colocados a los lados fueron sólo amenaza.
En éste su último trabajo, quiso estar acompañada del editor Carlos Rod, de la también premiada La Uña Rota. El editor de la editorial segoviana mima como nadie lo mejor de la dramaturga: sus textos poderosos.
La clá
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Bienal BoCA 2025
Museo del Prado

