Medea. Teatros Canal.

Con el aterrizaje de Cheek by Jowl en Madrid allá por el principio del nuevo milenio, Declan Donnellan y Nick Ormerod transformaron, con su nueva visión artística, la forma en que se hacía teatro en España. He visto en las más innovadoras compañías y directores de nuestro país una forma de afrontar el movimiento, la luz y la escena de una forma que sólo puede explicarle habiendo visto Cymbeline en el Teatro Español (con un talentoso y joven Tom Hiddelston) o aquel tenebroso Macbeth en el Matadero (imposible borrar de la memoria la voz de Will Keen). Con los soplos de aire fresco, descubrimos con Cheek by Jowl que era posible enfrentarse al clásico desde la más absoluta modernidad y sin temor a eviscerar pasajes o personajes. El vestuario podía modernizarse, la escenografía no exigía grandes barroquismos, siempre que sobre el escenario exudase la vida. Bajo la dirección de Declan Donnellan, los actores desplegaron sus alas y se liberaron de encorsetados movimientos para, por el contrario, comenzar a danzar en valses imperceptiblemente coreografiados mientras declamaban el texto. Entre mis producciones preferidas de aquellos primeros montajes de la compañía inglesa en Madrid está, sin duda, “´Tis pitty she´s a whore”, montada en el año 2012 en el Matadero.

Esa complicidad férrea del público madrileño con Cheek by Jowl que se gestó hace ya veinte años se ha ido perpetuando con cada nueva producción. Incluso cuando, a mitad de camino, Donnelan y Ormerod decidieron comenzar a trabajar con compañías y teatros no angloparlantes para seguir representando clásicos isabelinos y jacobeos. ¿Qué había detrás de esa cabriola? Un camino de experimentación que otro grande de la escena, Peter Brook, ya había emprendido en los años setenta. Llegar a la esencia pura de la escena desprendiéndose de las enseñanzas clásicas y renunciando, incluso, a la maestría británica de hacer teatro. No parece casual que en el año 2007 Cheek by Jowl decidiese colaborar con el teatro Bouffes du Nord parisino. Este teatro fue la casa del director inglés Peter Brook, que habiendo recibido las más altas distinciones escénicas de su país dejó Londres para emprender una búsqueda, sin retorno, de la verdad escénica. Brook, que había trabajado con los mejores actores de su tiempo, Gielguld y Olivier, quiso buscar su pasión en otras lenguas y territorios.

Por su parte, cuando Cheek by Jowl dio el salto a colaborar en producciones realizadas con compañías francesas y rusas, se adentraba en un viaje parecido al de Brook, con destino hacia la universalidad. El público madrileño se mostró fiel a la compañía inglesa y continuó abarrotando las butacas, intuyo que más por confianza que por convicción inicial. Escuchando versos clásicos en ruso, se nos presentó otro descubrimiento: las tramas sobreviven incluso al lenguaje.

En los años más recientes, Cheek by Jowl ha estrechado nuevas colaboraciones, en concreto con la compañía nacional de Bulgaria, el Ivan Vazov National Theatre de Bulgaria, que cuenta con un amplio elenco de actores de repertorio, versados en clásicos antiguos y modernos. Con ellos, precisamente, Declan Donnellan (a cargo de la dirección), nos ha traído “Medea” de Eurípides, que es quizás el drama griego más terrible, con una madre vilipendiada que asesina a sus hijos. El personaje de Medea está a cargo de Radina Kardzhilova, que es una muy reputada actriz búlgara. Nos presenta aquí a una mujer de mediana edad, atractiva y despeinada, que se comporta como una paciente clínica freudiana, vestida casi de interna. Hay en sus gestos y en la mirada perdida, mucha histeria tratada con Orfidal, lo que la convierte en una Medea traída a tiempos actuales. Velislav Pavlov (otro primer espada del teatro búlgaro) es Jason, con una presencia de ejecutivo de multinacional que proyecta su ira contra una mujer de la que claramente se ha aburrido. Entre el público, dispuesto de pie en torno a una tarima doble sobre la que se representa gran parte de la acción, se esconden otros actores de la compañía del teatro búlgaro. Hacen, principalmente, las veces de coro, con interjecciones dirigidas a Medea que subrayan sus funestos designios. Sólo los personajes principales entran y salen de una sala desnuda y desprovista de butacas. Los niños, de entre diez y doce años, saltan al campo en la primera escena, jugando con una pelota a balonmano. Lo harán también al final de la acción, en un final coreografiado por Donnellan con elegancia, sin que pierda la acción ese punto de estremecimiento.

Parte del público femenino será escogido por los actores para colocarse, sentado, en el centro de la tarima. Busca esta Medea a mujeres cómplices que entiendan su decisión, por eso la cercanía física con mujeres espectadoras. La actriz irá alternando sus monólogos a distintos espectadores, para declamarle párrafos de su parlamento. Hay que aplaudir a un público, muy sobrio, que aguantó el enviste dramático sin risas nerviosas ni aspavientos, una muestra de la madurez que también como espectadores hemos alcanzado.

En el combate abierto entre Medea y Jasón, y en esos tintes modernos que presentan los personajes, se escuchan los ecos de una sociedad familiar descompuesta en pleno siglo XXI. Divorcios encarnizados con cuernos, en los que padre y madre se degüellan, mientras coros de palmeros asisten libidinosos a la masacre. Los reproches de Medea entroncan, en mi imaginario, con las parejas desestructuradas del dramaturgo Pascal Rambert (La clausura del amor).

El final de Medea es la crónica de una muerte anunciada por su propia perpetradora. Todo lo que allí sucede intenta justificar, en su voz, la decisión que va a tomar. Se produce el hecho más anti-natura del mundo: una madre que ha gestado en su vientre a sus hijos los asesina para dar venganza en su despecho. La sociedad actual ha puesto nombre al empleo de los hijos para generar un dolor en el progenitor, se trata de la “violencia vicaria”, que en este caso ejerce una madre contra el padre. El final trágico de Medea es sobrecogedor, pero muestra la naturaleza vil del individuo, capaz de devorar a los suyos para justificar su razón. Su autor, Eurípides, fue el poeta griego más reconocido por su entendimiento del alma humana.

Han pasado muchos siglos, y hoy se representa sobre un escenario español un drama griego, decantado por actores búlgaros y dirigido y compuesto por una compañía inglesa. Y sigue estremeciendo hasta el tuétano. Esa es la universalidad que Brook buscó en el Bouffes parisino y que Cheek by Jowl lleva años predicando sobre escenarios europeos.

La clá

www.lacla.es

Sign Up to Our Newsletter

Be the first to know the latest updates