Lohengrin. Ópera Estatal Viena.

Comienza la ópera wagneriana, Lohengrin, con una sorpresa, y la anticipación de algo bueno por venir. Entra en el foso el director musical, Christian Thielemann, y recibe de entrada una ovación. Desde la temporada pasada es director general de música de la Ópera de Viena y vive, desde entonces, un idilio con el público vienés, que le admira profundamente. Sobre todo, cuando se trata de dirigir una ópera de Richard Wagner (1813-1883), del que Thielemann es un reputado experto en su ejecución.

En su teatro de Bayreuth, Wagner cambió la forma en que la música se ejecutaría operísticamente con la creación de un foso en el que se colocase la orquesta. De esta forma, la música de la orquesta se escucharía en simbiosis con las voces cantando, sin que los instrumentos oscureciesen la parte cantada. También rompió el convencionalismo de actos divididos en arias, como si fueran números musicales. La ópera wagneriana se concibe como un continuum, sin cortes naturales. La bajada pronto se convierte en ascenso y cada acto es un conjunto cerrado.

A nivel de ejecución musical, las óperas wagnerianas presentan éstas y otras complejidades. Es fácil que cualquier reputado director musical sea maltratado por su ejecución de Wagner. Thielemann, sin embargo, está en el olimpo de los aficionados wagnerianos.

La producción de Lohengrin para la Ópera de Viena está a la altura de las expectativas. Thielemann está en estado de gracia, y la música es a momentos embriagadora, con todo el despliegue típicamente wagneriano. Como guinda, Klaus Florian Vogt es, a su vez, uno de los más reputados intérpretes wagnerianos, con la complejidad que también conlleva. La parte final, en la que Lohengrin desvela su personalidad, y en la que orquesta y tenor se dedican en exclusiva es una preciosidad.

Ahora bien, una ópera, a diferencia de un concierto musical (incluso diría que a diferencia de determinadas propuestas escénicas), tiene un compromiso ineludible con la puesta en escena. La ópera debe volar con el vestuario y la escenografía. Es el único reducto escénico en el que se invierte poderosamente en esa partida. Por ese motivo es una desgracia que una propuesta musical y artística tan poderosa no vaya acompañada de una imaginativa puesta en escena.

Sobre el escenario una especie de muelle, que a ratos emula un búnker militar. Un escenario rígido, con simples movimientos articulados en horizontal. El diseño es de Jossi Wieler y Sergio Morabito, y es absolutamente decepcionante. Todo en gris, sin un cisne, o una alegoría del cisne, que anuncie la llegada de Lohengrin. Sin la fuerza imaginativa que siempre evoca Wagner.

Peor es el vestuario. Directamente feo, sin imaginación y sin ningún tipo de explicación. Algunos soldados tienen un aire nazi, otros tienen un aire templario, el vestuario genérico parece de los años cincuenta, y la protagonista, la amada Elsa, parece a ratos Mrs. Doubtfire. Algo absolutamente impropio de una producción así.

Ahora bien, la fuerza de la música, los maravillosos coros de Lohengrin elevaron afortunadamente el montaje hacia la ovación final, con veinte minutos de aplauso. Entre las intérpretes, encomiable el trabajo de Anja Kampe, tanto a nivel vocal como interpretativo. Con un vestuario más oscuro habría sido un personaje espeluznantemente tenebroso gracias a sus enormes dotes interpretativas. Si la propuesta artística falló, la ejecución musical fue un goce absoluto.

La clá

www.lacla.es

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Lohengrin. Ópera Estatal de Viena.

https://www.wiener-staatsoper.at

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