Romeo and Juliet. Almeida Theater, London.

Empiezo esta crónica con una primera confesión. Jamás había visto en escena Romeo y Julieta. Varios Hamlet, Macbeth y Ricardos III en mi haber, todos buenísimos, pero ni una sola vez la historia de los jóvenes enamorados de Verona. Estaba en mi lista del “debe” en el número 1: ver un buen montaje de Romeo y Julieta.

No ha sido tarea fácil. Parece que da más de sí un aspirante a corona que la historia de dos familias enfrentadas y cainitas, cuyo odio se lleva por delante la vida de dos jóvenes que sólo querían amarse. Pensé, equivocadamente, que la historia resonaría mal en tiempos actuales, que quizás haya resistencia a producirla por la ñoñería de los jóvenes enfatuados. Puede que no atraiga a productores porque el público prefiera las oscuras tierras del Norte a la estilosa Verona. Si es así, por favor remédienlo ya. Romeo y Julieta merece estar en escena tanto como todos los monarcas de la Guerra de las Rosas o incluso más.

Romeo y Julieta habla de familias de una misma ciudad que viven en guerra civil y de la irracionalidad de personas que no ven más allá del nombre. Habla del determinismo social en el que se espera que una mujer se case con un esposo preseleccionado. Habla de la pasión y de la naturaleza como fuerzas que emergen frente a la irracionalidad y el clasismo. Y habla de dos jóvenes que viven en un tiempo presente que es absoluto, donde sólo existe el aquí y el ahora. Esa falta de escapatoria es la que les lleva al suicidio. Y no me digan que el suicidio juvenil no es un tema que debería tratar más el teatro en su función social.

Así que hago una reivindicación para que los dos personajes más icónicos de Shakespeare salgan a escena con mayor frecuencia, reinventados, remodelados y adaptados a tiempos actuales.

Exactamente eso es lo que ha hecho la directora escénica Rebecca Frecknall para la producción de Romeo and Juliet que está en cartel en el Almeida Theater de Londres.  Frecknall es Directora Adjunta del Almeida y sus últimas producciones (Cabaret y Un tranvía llamado deseo) han sido un éxito en Londres, además de recibir varios premios.

Esta versión está planteada desde la más absoluta desnudez. Empezando por una escenografía que surge detrás de un muro ocre que cae. La cava escénica queda al descubierto, y los colores negros, blancos y terrosos serán los que estéticamente pincelen el escenario. La acción se presenta al alcance de la mano, como si nos adentrásemos en la escena misma. Esa cercanía viene acentuada por un vestuario modernizado y por una enorme influencia de Peter Brook. Es un Shakespeare racial, actualizado y llevado a caracteres contemporáneos, aunque sin aditivos.

La función se desarrolla, recortada y adaptada, en dos horas que pasan como un exhalo, tal es el ritmo impreso a la puesta en escena. “It´s now the two hours traffic of our stage”, se avisa al principio. Dos horas de tráfico que pasaremos sobre escena, con velocidad constante.

La primera hora es una delicia en la que el verso shakespeariano brilla. Me gustan especialmente Miles Barrow, en el papel de Benvolio, y Jack Riddiford, en el de Mercutio. El primero tiene el toque templado del que coloca bolas de partido, del que trae el contexto a escena, o lo que es lo mismo, el narrador escondido entre los personajes del arranque. A Jack Riddiford le dejan soltar la furia, y en ese primer tiempo de función rebosa personalidad y carisma.

El virtuosismo de ese primer tempo es el espacio que la directora Frecknall deja a la palabra de Shakespeare. En esta versión, como en pocas, he disfrutado tanto de la desnudez de los versos. Cuando Juliet declama el archiconocido «What’s in a name? That which we call a rose. By any other name would smell as sweet.», queda perfectamente contextualizado dentro de lo que es amar a una persona por lo que es, y no por el apellido que lleva. La sutil metáfora se explica por sí misma, con una acción que ha sabido enmarcarlas palabras.

En el segundo tempo la acción coge impulso y es una delicia disfrutar del rebosante movimiento escénico que Frecknall le da a la acción para dirigirla hacia el desencadenamiento de la tragedia. Los actores literalmente bailan en escena al ritmo del ballet de Sergei Prokofiev. Ahora bien, lo que quita el hipo es la dirección de Jonathan Holby en los combates y peleas. Es de una veracidad asombrosa, y de una violencia que directamente mantiene con la respiración entrecortada al espectador.

Comentaba que había mucho de Peter Brook en este Shakespeare interracial. Rebecca Frecknall se atreve a mezclar actores de distinto origen racial, y algo incluso más atrevido en lo que a Shakespeare se refiere. Isis Hainsworth (Juliet) no oculta su acento escocés. Tampoco lo hace Paul Higgins. Se mezclan por tanto voces y acentos rompiendo la dicción clásica. Romeo es inglés de origen racial negro, Julieta escocesa de piel blanca, y entre familiares y sirvientes se mezcla raza, orígenes y condiciones sociales. La historia que en su día contraponía a dos familias enfrentadas, ahora lo hace con la diversidad social como trasfondo.

En la segunda hora de la función, crece el movimiento y la acción y Toheeg Jimo (Romeo) y, sobre todo, Isis Hainsworth (Juliet) pasan a lucirse. Se refuerza la intensidad dramática de los jóvenes, encerrados en su realidad entrópica y sin salida. Me gusta mucho Jo Mcinees en el papel de sirvienta y confidente de Juliet.

La escena final es el culmen de otro trabajo magnífico de esta producción, el de la iluminación, a cargo de Lee Curran. Los colores, reforzados por las luces en tonos de claroscuro, se convierten en sombras iluminadas por velas para acompañar en la muerte de los dos enamorados.

Saldo con este Romeo y Juliet la deuda escénica que tenía conmigo misma. Espero atesorar a partir de aquí muchos Romeos y muchas Julietas, porque la historia permite miles de lecturas actuales.

La clá

www.lacla.es

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Romeo and Juliet. Almeida Theatre.

https://almeida.co.uk

Imágenes cortesía del equipo de prensa del Almeida.

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