Kyoto. Sohoplace, Londres.

Nominada como “Best New Play” a los Olivier Awards (equivalente a los Tony Awards o a nuestros Max), Kyoto es una de las obras de la temporada londinense. Y no será por falta de rivales, porque la cartelera teatral londinense está que echa humo. Lo cuenta de manera recurrente la revista The Economist. El West End londinense ha desbancado a Broadway, en parte porque la sindicalización excesiva en Estados Unidos ha hecho que los costes se disparen. Hay argumentos más profundos. Londres goza de una salud artística increíble, con un ecosistema muy focalizado que atrae a talento creativo. Se produce además un trasvase constante entre tablas y claquetas, es decir, entre teatro en vivo y rodajes de series y películas.

Kyoto es una obra de nueva dramaturgia escrita por Joe Murphy y Joe Robertson, en torno a las negociaciones de los instrumentos internacionales que llevaron a la aprobación, por unanimidad, del Protocolo de Kyoto en el año 1992. Fue un hito en la historia de la lucha contra el cambio climático, en una época en la que el multilateralismo gobernaba la escena global política. Lo dice sin tapujos el protagonista, un abogado de Washington que trabaja para las siete compañías de petróleo: “90s were fuckin´ glorious”. Fue la era dorada para los abogados, años en los que el desacuerdo se trataba en despachos. Los autores de esta pieza han sabido jugar a la contemporaneidad, ilustrando la complejidad de los tiempos políticos actuales y contraponiéndola a la negociación multilateral impulsada en aquellos años. El empuje de grupos de presión contrasta con el populismo actual, el desinterés por el cambio climático de entonces, se opone a la mayor sensibilidad que poseemos hoy día.

La producción de Kyoto es de la Royal Shakespeare Company en su faceta menos conocida. La RSC no sólo representa piezas de Shakespeare y autores contemporáneos. También promueve la nueva dramaturgia, y Kyoto es el más reciente de sus espectáculos, ya estrenado en Stratford-Upon-Avon. Llega ahora al moderno teatro Sohoplace, situado en el cogollo londinense, un nuevo edificio acristalado que es, sin embargo, un búnker de sonido. Con un escenario ambivalente, el Sohoplace ofrece asientos colocados en modo circular y ascendente, creando una sensación más cercana hacia el espectador.

Los co-directores Stephen Daldry y Justin Martin han sabido aprovechar el funcionalismo del recinto escénico. Daldry es un ejemplo de ese salto continuo a los dos lados de la valla. Como director de cine son muchos sus éxitos (Billy Elliot o Las horas), y en el ámbito de la escena es tal su reputación, que a él le encomendaron la escenificación de las Olimpiadas de Londres. En Kyoto Daldry se atreve a jugar en el filo. El escenario circular sembla una mesa de conferencias redonda, de madera y tapete de fieltro que aleja (más que acerca) a los participantes. Los actores suben al escenario, se dirigen a las gradas, pero en dos saltos se colocan abajo, sentados entre espectadores.

Así transcurre toda la obra, sin cuarta pared. Los políticos de Tanzania, Estados Unidos y Emiratos, subiendo al púlpito y bajando a la mesa de negociación. No hay micrófonos para los actores, todo va a pelo. Aquí la técnica se palpa. Menuda concentración, entrega y menuda proyección de voz, sin sentir que te gritan al oído.

Un trabajo brutal de interpretación, pero también de coreografía. El movimiento escénico es imparable. Sufro por el responsable de los “props”, esos elementos de atrezo que se van intercambiando. Dossiers para cada conferencia y carpetas ejecutivas. Todo va a un ritmo desconcertante.

¡Y menudos actores! Olivia Barrowclough es la secretaria que sufre con los informes. Kristin Atherton, con una proyección brutal, hace de la firme Angela Merkel. Andrea Gatchalian es la joven representante de un país minúsculo, Kiribati. Togo Igawa, el agregado japonés. Aïcha Kossoko, la vehemente interlocutora de Tanzania. Kwong Loke, el hueso duro de roer: China. Y un cuarteto de excepción, Dale Raplye, primer presidente de conferencia, Raad Rawi el emisario de Emiratos, Ferdy Roberts, el cínico británico y Duncan Wisbey, todavía más hipócrita en su rol.

La obra es absolutamente coral, pero la historia incide en cuatro importantes personajes. Por un lado, el que podría ser el protagonista, el abogado lobista de Washington, curtido en pasillos del capitolio e interpretado por Stephen Kunken, que está que se sale. Arrogante y ambicioso, se le nota en el destello de los ojos la ambición por el poder. Nancy Crane es la diplomática estadounidense, ejecutando un papel que también parece salido de una película. Por cierto, no lo he dicho aún, pero esta obra pide a gritos una visión revisitada para la gran pantalla.

Aquí viene lo alucinante. El segundo gran papel es, sin duda, para Jorge Bosch, que hace del abogado y diplomático argentino, Raúl Estrada – Oyuela. Hacia mitad de la obra, la historia gira como un baile entre el abogado norteamericano y el astuto argentino. La escena del paso hacia delante por cada respuesta que suponga un acercamiento de posturas tiene la tensión de un duelo al amanecer. A partir de ahí, el rol de Estrada no hace sino crecer en la historia, cambiando su talante latino por un fiero negociador, capaz de engullir cualquier nacionalidad que se le ponga al paso. Jorge Bosch se merienda el papel y, por si hay dudas, lo hace en inglés. Bosch que es un habitual de la escena madrileña, con éxitos como El método Grömholm o Todos eran mis hijos, ha enamorado a la crítica y al público. Dice la revista Variety de su actuación: “…An all-seeing Jorge Bosch is wholly convincing as the long-suffering Argentinian chairman who, at the end of his tether and to everyone’s astonishment, vanishes in desperation from the climactic discussion…”.

Es un momento épico, porque Bosch no sólo ha hecho su parte para que Kyoto sea el éxito de este arranque de año, sino que además la ha puesto en la terna para los Olivier que se celebrarán en abril 2025. Dos nominaciones, lleva la obra: la suya, y la de mejor texto actual. Crucemos dedos porque se lo merece.

La historia de Kyoto tiene un giro final, dejando que sea Jenna Augen (la mujer del abogado) quien haga el cierre. Es fabuloso, porque sus apariciones son esporádicas, pero su monólogo final es un cierre perfecto en honor a la mujer del abogado internacional, que ha construido su propia vida acomodada de país en país.

Política, ambición, diplomacia, manipulación… Kyoto es un thriller escénico vertiginoso.

La clá

www.lacla.es

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Kyoto. Sohoplace.

Royal Shakespeare Company

https://www.rsc.org.uk

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