
En España conocemos la obra de Tennessee Williams, “Cat on a hot tin roof” (1955), por el título de la película de Richard Brooks, “La gata sobre el tejado de zinc” (1958). Cuenta Manuel Jabois en un artículo para EL PAÍS, que el adjetivo “caliente” se perdió en un garrotazo de la censura española. Ese “caliente” es importante, es (diría) primordial en esta obra en la que Williams vuelve a radiografiar la esencia del carácter norteamericano. Maggie está casada con Brick y viven en la gran casa sureña del patriarca. Brick está enyesado, en pijama y totalmente borracho. Y ella en enaguas. Es el sur americano y hace calor. Maggie anda sofocada porque quiere engendrar. Tiene a un marido que es guapo y atlético. Un hijo además le daría la seguridad sucesoria que su marido parece estar tirando por la cloaca. El ambiente es, especialmente, asfixiante en una casa en la que el patriarca está en las últimas, y todos maquinan (ya sea para ocultar la verdad o para posicionarse). Hay también calor en el enésimo whisky que baja por la garganta de Brick.
Así que ese adjetivo que la censura borró de un plumazo, es la sustancia de esta obra, que Paul Newman y Liz Taylor elevaron a los altares del Séptimo Arte. Acudo al Teatro Almeida de Londres (al que peregrino cada vez que tengo la oportunidad), con los deberes hechos. Veo la versión cinematográfica en FILMIN, y releo la obra. Y viendo la obra en vivo saco la misma conclusión. Lo verdaderamente interesante es el duelo de los personajes Maggie y Brick en ese dormitorio, es como si el resto pudiera quedarse en un segundo plano. Me gustaría ver una versión reescrita, que en este caso pusiera el foco en esta pareja que camina peligrosamente a un final que se aventura tremendo.

Aunque no haya resistido tan bien como Un tranvía llamado deseo, la gata contiene osadías escénicas asombrosas. Una pareja que se bate en enaguas y pijama, con una puerta abierta a cualquiera que quiera asomarse. Una mujer ambiciosa, de extracción humilde, con hambre de prosperar, atractiva y que habla sin tapujos. Una verdadera representación del trumpismo. Él es un tipo guapo, atlético, con una reciente fractura que le deja fuera de la pista de atletismo. Y lo más estremecedor, es un retrato vigoroso de un alcohólico de manual. Y sobrevolando las miserias y frustraciones de pareja, Williams plantea el amor homosexual entre Brick y el amigo que (intuimos) se ha quitado la vida por despecho.
Con tan fuerte bastidor, y con una mirada (me temo) más elemental, siento que me sobra el protagonismo del hermano, la cuñada, la madre, los sobrinos, el padre… El primer acto, para mí, es el más poderoso, con un planteamiento casi insuperable, sólo se echa en falta parte de la presencia que Brick todavía tiene por desplegar.
Rebecca Frecknall dirige el montaje para el teatro Almeida. Frecknall es uno de los nombres más punteros en la dirección de escena actual. Dos de sus más recientes reinterpretaciones, Cabaret y Un tranvía llamado deseo, han hecho estallar el West End londinense. Son constantes lo elogios sobre su trabajo.
Creo que Frecknall tendría que haberse atrevido a recortar “Cat on a hot tin roof” y comprimir su esencia en una lectura mucho más actualizada. Hay, por otro lado, algo en la representación que está totalmente ausente y que, pienso, es parte de su esencia sureña. No se siente el asfixiante calor. Si Maggie está en lencería es porque hace calor. Si Brick está tan pancho en pijama es porque hace calor. Es el sur, y la claustrofobia sexual y familiar debe sentirse en los poros. Sobre todo en los de Maggie, que para eso es la gata sobre el tejado. Daisy Edgar-Jones está mal dirigida. Su acento sureño (que nadie más tiene tan acentuado) es excesivo. Su parlamento está dos tonos por arriba, y sus enfados vienen pasados de frenada. Pienso en la fenomenal interpretación que hizo Liz Taylor y en la que probablemente nunca había reparado con tanto interés. Maggie tiene la dificilísima tarea de resultar deleznable y bella a la vez. Revulsiva en sus comentarios y sexualmente atractiva. Edgar-Jones se queda en lo primero y no saca la fisicidad del personaje.

Por el contrario, Kingsley Ben-Adir está sensacional. El suyo es un alcohólico de pies a cabeza, incluso mejora a Newman, limando alguno de los excesos del Actors´ Studio. Ben – Adir no necesita rellenar botella constantemente para que se note su embriaguez. Está en un lugar lejano, o tratando de huir hacia él, hasta que llegue ese “clic” que lo desconecte por completo. Jamás había visto a un actor sobre escena hurgarse la nariz de puro hartazgo con la vida. Es terrible verle con ese gesto, mientras su mujer vomita recriminaciones, y es, al mismo tiempo, un ejemplo bárbaro de cómo lo minúsculo (a nivel interpretativo) puede tener un efecto demoledor en una escena.
La escenografía muestra una celda adoquinada con azulejos plateados. Chloe Lamford es una solvente escenógrafa. El efecto es visualmente aparente y ayuda a oprimir a la pareja entre cuatro paredes. En contra, le resta el calor sureño a una obra que pide a gritos más Sur en su puesta en escena.
La clá
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Cat on a hot tin roof. Almeida Theatre.
Fotografías de Marc Brenner.

