Gigante. Teatro Bellas Artes.

Josep Maria Pou es un actor de espectadores que ha declarado que, si no está sobre un escenario, podremos encontrarlo en una butaca de patio. Y así ha sido durante su dilatada carrera profesional. Ahora está pisando las tablas del Teatro Bellas Artes de Madrid representando al escritor Roald Dahl en el cénit de su carrera en la obra “Gigante”, escrita por el dramaturgo inglés Mark Rosenblatt.

Les voy a contar por qué digo que Pou es un actor de espectadores. Lo es, principalmente, por dos razones. La primera, porque siempre ha sido un enamorado de la escena internacional, y ha sido un “buscador” de obras teatrales. Al Teatro Bellas Artes (su casa en Madrid) nos trajo obras contemporáneas como “La cabra o ¿quién es Silvia?” (2005) del dramaturgo Edward Albee, “Su seguro servidor, Orson Welles” (2008) o “Los chicos de historia” (2008) de Allan Bennett. Y para el Teatro Español aquella maravilla que fue “A cielo abierto” (2013) de David Hare. La mayoría de producciones fueron dirigidas por él y todos estos montajes venían importados de la escena internacional en la que habían tenido enorme éxito. Se sabe que Pou siempre ha tenido el olfato y el empeño en traer teatro pegado a nuestros días. El otro motivo por el que Pou es actor de espectadores es porque de vez en cuando suelta alguna reprimenda bien ganada hacia el patio de butacas. Volveré sobre ello en esta crónica.

En esta temporada Pou interpreta al escritor infantil Rohald Dahl, en un trabajo que viene con el respaldo de tres galardones “Olivier” en su producción inglesa. En 2025 “Giant” ganó tres Olivier Awards (el más prestigioso galardón escénico), incluidos a mejor dramaturgo y mejor actor, John Lithgow (aquí conocido por ser el padre alienígena en la sitcom “Cosas de marcianos”). El papel es un traje hecho a medida para Pou, porque si hay algo que domine es el transmutarse en gran personaje (Welles, Ahab, Cicerón…), y si encima es incómodo (como lo es Dahl), mejor. Así que la lección de arte y de dominio de las tablas por parte del actor catalán está servida.

Auguro que Pou recibirá, como lo hizo Lithgow, muchas nominaciones y reconocimientos públicos por este papel. Los merece. Ahora bien, la dramaturgia de la obra me flaquea por cierta holgura de sisa en los tiempos. Rosenblatt, su autor, juega una partida a doble mano, empezando por la semblanza hacia uno de los grandes escritores contemporáneos de mayor proyección internacional. La segunda mano viene a propósito del sentimiento antisemita que Dahl expresó en vida a propósito de la invasión del Líbano por Israel en 1983. Aquí Rosenblatt se la juega. A través del excéntrico comportamiento de su protagonista, Rosenblatt denuncia los excesos de fuerza de Israel de estos últimos años, entrando a criticar la legitimidad de la invasión sobre Palestina y Líbano. El planteamiento entre la legitimidad de la cultura de la cancelación y la libertad de expresión del artista funciona bien durante dos tercios, pero, como decía, se le va la mano en la duración al dramaturgo. Lo achaco a esa manía de mercantilizar en exceso a la cultura, haciendo que las películas hollywoodienses se conviertan en productos de dos horas y media de duración y que las obras de teatro en Londres cuenten a menudo con entreacto para que el público “visite nuestro bar”. “Gigante” pide tijera, precisamente, en el segundo acto.

Acompañando a Pou están Victòria Pagès (la sufrida acompañante), Pep Planas (el agente literario), Clàudia Benito (la delegada comercial de la editorial), Aida Llop (la empleada del hogar) y Jep Barceló (el jardinero). El papel que tiene más juego en el enviste con Pou es de Clàudia Benito que trabaja bien esa rectitud profesional e ideológica. Aida Llop está encantadora y le sirve bien a Pou para desplegar ese juego de vanidad que regala a quienes le merodean.

La escenografía es de Sebastià Brosa que se atreve a trabajar en altura una casa en obras, apuntalando la estructura hasta un tejado ficticio. Crea así un espacio mucho más envolvente que, junto con un Pou energético y atronador, mantiene tensa la acción durante las dos horas largas de representación.

Me quedé a medias relatando las conocidas salidas de tiesto de Pou. Con la llegada de los móviles, fue el actor un Quijote frente al patio de butacas, y más de uno (por ejemplo, Rosana Torres para El País) reseñó sus enfados con un público que no apaga los dichosos aparatos. Me temo que la cosa no va a mejor, y a mayor edad de la audiencia, peor comportamiento con los móviles (lo lamento, pero es así). En la función que asistí, una espectadora dejó algo sobre el escenario y Pou, parando la representación, le pidió que lo retirase. Permítanme confesar que disfruté íntimamente del momento, que fue una celebración de Pou siendo Pou. Pero también me llevó a reflexionar sobre esa intromisión ilegítima de un objeto en un espacio que corresponde a otra dimensión, las tablas de la casa de Dahl, que tiene un tiempo y un espacio propio, tan sólo separado por una finísima maya invisible del mundo real de todos nosotros, los espectadores.

La clá

www.lacla.es

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