
Hacer una obra sobre la tristeza es complicado. Porque la tristeza no es una pasión visceral como el odio o el amor. Es un estado de ánimo más corriente, más mundano, más al alcance de todos. La tristeza es un sentir sordo. La actriz Natalia Hernández es Ángela, la mujer de un dueño de un bar, que un día deja de ir a trabajar, y su marido se pregunta por qué. La pena se le ha comido el habla, poco o nada tiene ya que decir. Su mirada, perdida (qué mirada la de la actriz), busca en un vacío infinito vaya usted a saber qué. Recuperar el ánimo, encontrar una luz. En un momento dado (maravilloso hallazgo de dirección), llega a emitir ese grito sordo de la angustia que tan bien representó Edvard Munch, el gran pintor de la pena del alma. Esa ansiedad que se apalanca en la vida buscando el por qué.
Desde 2010, Juan Mayorga lleva ahondando en esta obra, la más beckettiana de todas las que he visto (y leído) suyas. En declaraciones coincidiendo con su estreno, comenta Mayorga que es una pieza que le persigue y que ha venido reescribiendo. Tiene ese punto de inconclusa, y sigue siendo, a mi parecer, un texto irresuelto, no en el planteamiento y desarrollo, más bien en su cierre.
No obstante, he encontrado en su montaje en la Abadía, una escenificación elevadísima para un tema muy poéticamente tratado: el de la depresión y, en concreto, el de la depresión en femenino. Encuentro en la dirección, en el elenco, y en un planteamiento técnico de escenografía (Elisa Sanz), iluminación (Juan Gómez-Cornejo) y música (Jaume Manresa), un trabajo compacto y sobresaliente. Me temo que un Madrid a cuarenta años juega en contra de una obra que pide un fondo otoñal.

Martín (Javier Gutiérrez) confía en un cliente desconocido (Luis Bermejo), su preocupación por Ángela (una mujer que anda callada desde que un día encontró un mapa a ninguna parte). Creo que el papel de Javier Gutiérrez en esta pieza es una sublimación de sus cualidades actorales. Gutiérrez es un actor de una naturalidad emparentada con la de los grandes cómicos españoles (Landa, Sacristán, Alexandre), que produce una conexión instantánea con el público. La mitad de la obra es casi un parlamento único, con breves interacciones con el resto de personajes. Hay pasajes que suelta como si fuera perdigones directos al alma: “a mi lado se está a gusto”, dice el barman, “pero el amor es otra cosa”.
Luis Bermejo está interesantemente ambiguo, con una seriedad que a veces hace pensar en algún vuelco aterrador, que no se produce. Bermejo es un actor inmenso, plenamente capaz del exceso (con frenada), y aquí simplemente está o dice, pero nunca mucho. Alba Planas es la hija que interviene para desviar el cauce, aunque ese cauce se quede sin rumbo. Promete mucho como una representación, en joven, de la tristeza femenina. La de una adolescente que no se encuentra tampoco. Ella está deliciosa, pero a que su personaje le falta o le sobra, en ese algo inconcluso que tiene “Los yugoslavos”.
La puesta en escena es de gran redondez. Un escenario doblado, a un lado el piso, al otro, el bar. En el bar hay de todo: mostrador, servilleteros, botellas medio vacías (o medio llenas, para los más optimistas), una tira con una ristra de bolsas pequeñas de patatas, una caja para botellines de Mahou… Y pese al exceso, se trata de un bar triste, como lo son la mayoría de los bares. Lugares que se frecuentan, en parte, para paliar la soledad. Volviendo a la escenografía, hay un tercer espacio, en alto. Que es la calle por la que deambula Natalia Hernández, y que conecta el bar con el piso. Qué trabajazo de Elisa Sanz, que baila en movimiento con las luces de Gómez – Cornejo.
Quien admire, como yo, la obra de Mayorga, reconocerá en “Los yugoslavos”, una iconografía que le es propia. Los mapas despiertan enormemente su imaginación (Voltaire, 2021), como representaciones de espacios, tiempos y conexiones. Entre los objetos perdidos del bar, se cuelan también unas gafas azules de nadar (Intensamente azules, 2019), que me juego son un objeto personal. Y está también la referencia al que juega sólo al ajedrez (cómo no pensar en la excelente Reikiavik).
Tengo claro que si Mayorga decide volver a “Los Yugoslavos” para seguir batiéndose en duelo con ella, no debe perder al equipo con el que ha trabajado. Javier Gutiérrez está inmenso. Y la pena que va mascando Natalia Hernández, es de un poder bravo. Y guarden ese bar, en el que muchos sí hemos visto belleza.
La clá
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- Categoría : Dramaturgia contemporánea
- Duración : 90 minutos
- Teatro: Teatro Abadía
- Fotografía: Lucía Romero
- Elenaco: Luis Bermejo, Javier Gutiérrez, Natalia Hernández, Alba Planas
Los yugoslavos. Un mapa sin dirección a la tristeza.
Description
"Yo no sé dónde tiene origen la tristeza". Javier Gutiérrez nos deja plantados durante buena parte de la obra. Qué bien resuelta la escenografía a tres planos de Elisa Sanz.Review Breakdown
- Los Yugoslavos de Juan Mayorga. 4.0/5

