Un Sublime Error. Teatro La Abadía.

La europeísima Needcompany (Erresuma, 2022, Billy´s Joy, 2024) volvió a Madrid, tan sólo unos días, como tiene costumbre hacer. Por giras y programación, ha recalado en verano, que es mala época para el teatro. La ocasión en que más disfruté de la Needcompany fue en el Teatre Nacional de Cataluña, un recinto imposiblemente grande, donde representaban Billy´s Violence (2021), un estudio de la violencia en las obras de Shakespeare.

De ellos me gusta mucho su concepción de trabajo de compañía, con artistas recurrentes, y ese punto tan europeo que sólo es frecuente en el teatro alemán o francés de vanguardia. Siempre he estado a favor de la vanguardia, aunque a veces no alcance a entenderla, o simplemente no me guste. Es en esa vanguardia donde se producen los descubrimientos. Lo aprendí en su día estudiando el cubismo, ese arte tan monstruosamente analítico, carente de colores y de profundidad. Hasta que comprendí su modernidad. Sin cubismo, no hubiera habido arte del siglo XX.

De Needcompany he visto producciones que me han parecido elevadas, otras menos. Pero en todas he visto indagaciones y descubrimientos. También en su nuevo espectáculo “Un sublime error”, que se ha coproducido con Heartbreak Hotel, y que ahora llega al Teatro La Abadía. El Heartbreak Hotel es una sala en la que se practica la vanguardia, regentada por Àlex Rigolá en el barrio de Sans en Barcelona.

En esta ocasión el espectáculo sorprende porque es en pequeño formato. Gonzalo Cunill es el único intérprete, aunque represente a tres personajes. La escenografía, como siempre, es epatante. Una mesa de cristal, sobre la que se posan varios jarrones tallados de cristal, floreros y jarras, colocados como naipes en un equilibrio imposible. La imagen es la de un gabinete de curiosidades con objetos de cristal que asombran (aunque no sea posible entender su función o utilidad).

 El texto de Elke Janssens se plantea como una historia hacia el público (con el que compadrea), y a su vez como un relato de una relación entre tres amigos, Álex, Gonzalo y Christine. El primero tiene un tono enfadado, lo que le honra. “Es mucho más difícil estar enfadado siempre”, nos cuenta el narrador, “el enfado requiere coraje”. Gonzalo es un muerto, en esa convención artística en la que el muerto se convierte en narrador. Y asistimos al relato de su velatorio, con trazos de las relaciones con sus amigos. Christine es un personaje evocador. A ella la reconoceremos porque siempre habla sobre un suelo de cristales rotos. ¡Ah! Qué descubrimiento, ¡sólo esa genialidad poética hace de la obra algo necesario!. Un personaje femenino que, cuando toma la palabra, lo hace pisando cristales rotos que crujen al posarse los pies.

A Saunders pronto se le adivina en la obra esa querencia por el surrealismo clásico. Una referencia a una langosta (imposible no asociarla con Dalí), un cadáver exquisito y la elegancia evocadora de cristales efímeros en un funeral (¡cómo no pensar en Buñuel!).

Gonzalo Cunill irradia magnetismo en la ejecución de una obra que tiene elementos potentes, pero a la que le falta mayor fuerza en el texto. ¡Pero esos cristales!.

La clá

www.lacla.es

Un sublime error. La última de Needcompany.
3.0
Description
Aires a Buñuel y Dalí, a gabinete de curiosidades. Personajes que hablan sobre un suelo de cristales.

Sign Up to Our Newsletter

Be the first to know the latest updates