Cold War. Almeida Theatre, Londres.

Cuando llega la Navidad los teatros londinenses tienen por tradición programar Pantomimas (un género sátiro, con unos clichés muy marcados) o espectáculos musicales. El Teatro Almeida, conocido por la calidad de sus producciones, ha querido hacer un musical original de una calidez absoluta. Una historia de amor imposible entre una cantante rebelde, Zula, y un compositor, Wiktor, durante las décadas de los años 40, 50 y 60. Los dos personifican en realidad un país, Polonia, cortado en pedazos por los grandes movimientos políticos (nazismo y comunismo) durante el siglo XX. Su historia la llevó al cine el director Pawel Pawlikowski, trabajo por el que recibió la Palma de Oro a mejor dirección en Cannes en 2018. La película es en blanco y negro y es del género smoky (empañada en humo de tabaco). Las tonalidades que han buscado Jon Bausor (escenógrafo) y Evie Gurney (diseñadora de vestuario), se mueven en la primera parte entre marrones de pobreza, con algún destello rojo en referencia al folklore polaco. El escenario es el interior de una sufrida iglesia, que sirve de teatro, bar y lo que toque. En la segunda parte, con la rápida evolución de los personajes, surgen nuevos colores, en especial en la vestimenta de Zula que se acomoda a los tiempos.

Si hay algo por lo que destaca Cold War, es por ser un musical sin serlo explícitamente. Es un drama romántico, en el que la conexión absoluta entre sus protagonistas, los actores Luke Thallon y Anya Chalotra, hace que vivamos una épica historia de amor. Por momentos, la imposibilidad de su amor recuerda a la preciosa película Atonement (Expiación, 2007), en la que la historia de dos enamorados se ve truncada por acontecimientos superiores a ellos.

Cold War se divide en dos actos, el primero es absolutamente sobrecogedor. Se presenta a unos jóvenes protagonistas y sus inicios en un ensemble de música folk en la Polonia de posguerra. Destaca en esta primera parte un vibrante homenaje a la cultura popular polaca a través de sus bailes, vestidos y canciones originales. Los primeros seis temas son temas del folk popular cantados con una banda en directo situada en un palco sobe el escenario, y con unos intérpretes que asombran con una voz poderosísima sin ningún tipo de micro. Sólo por escuchar tan bellas canciones merecía la pena acudir a este drama musicalizado.

Pero es que Cold War se mueve entre distintos planos conjugados con una brillantez escénica absoluta. Rupert Goold, su director, se supera en un dinamismo que consigue conjugar todos los elementos para crear la atmósfera apropiada en cada momento. Si hace falta emular un vagón de tren, la iluminación de la diseñadora Paule Constable acude rápidamente. Si se quiere subrayar el sabor polaco de los protagonistas, y el contraste entre el comunismo soviético y la esperanza de la tradición local, los vestidos de Evie Gurney aportan los contrastes necesarios. Si hay que crear un torbellino desmesurado en el que los actores puedan esconder sus tristezas, las coreografías de Ellen Kane crean ese dinamismo frenético.

Ahora bien, es en los actores de la función donde recae la carga de una producción extenuante que requiere un talento grande para el canto (sobresalen Katarina Novkovic y Anastasia Martin) y otro aún mayor para la interpretación. Elliot Levey hace de un oportunista productor, enfatizando con un acento “bajo” su carácter arribista, de alguien que ha ido escalando. La actriz Alex Young tiene un papel principal en la primera parte cantando una de las preciosas canciones compuestas para esta producción. Pero lo más importante, es quien coloca el mensaje central de la obra al explicar que el folklore polaco ha sido siempre apolítico, y que por eso los polacos pudieron refugiarse en él y amoldarse a lo que viniera.  Las palabras de Young son claves para entender esta historia y por eso es clave que el público esté atento. Y vaya si lo está. No hay momento en que decaiga esta historia que cambia continuamente en los tonos.

Hay incluso momentos de comedia absoluta a cargo de los mismos actores que luego nos harán estremecer como temibles representantes del aparato comunista. Elliot Harper es un yankee hortera, y al poco se convierte en un temible inquisidor. Lo mismo que Jordan Metcalfe, que pasa de Ministro deleznable a promotor musical.

La obra se la llevan de cabeza cada uno de los intérpretes. Claro que hay algo complicadísimo en teatro, por mucho que los papeles lo lleven escrito. Es la atracción y la complicidad que consigue la pareja protagonista. Lo que despiertan Luke Thallon y Anya Chalotra en el público es el sentimiento de estar viviendo un verdadero amor imposible. Thallon destaca por el sufrimiento y la pesadumbre de un personaje oscuro y lleno de humos, como la Polonia de la época. Chalotra lo hace por el enorme abanico de talentos que muestra, y por representar, en esencia, la testarudez de una mujer que sobrevive.

No les he contado lo más alucinante de esta producción, y es que cuenta con temas originales de uno de los grandes músicos de nuestro tiempo, Elvis Costello. Las canciones I Do (Zula´s Song), I Want You, … son una maravilla. A la espera de que las saquen en una Plataforma digital.

La clá

www.lacla.es

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Cold War.

https://almeida.co.uk/

Duración aproximada: 2 horas y 40 minutos, con intermedio.

Imágenes de Marc Brenner, cortesía del Teatro Almeida.

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