
Angélica Liddell estrena en los Teatros Canal su última producción “DÄMMON. El funeral de Bergman” que presentó en el pasado Festival de Avignon, dejando un reguero de polémica entre la prensa del país por su ataque a los críticos franceses. Su estreno en los Teatros del Canal era uno de los platos fuertes de arranque de esta temporada, y la obra, en todo su primer arranque, coloca lo mejor de la artista. Su prodigiosa prosa-poesía y el grito encarnizado (que hace de ella su mejor intérprete) siguen siendo poderosos. Nadie puede ejecutar (en su doble acepción) mejor su verbo. El uso de su cuerpo (con bautizo al público tras un lavado vaginal), la música atronadora, actores desnudos y hasta el Papa – que también acabará en pelota picada – son escenas de su última producción. Todo dentro de un imaginario propio que, con mejor o peor fortuna artística, forma parte de su universo.
Ésta iba a ser una crítica concienzuda que entraba a trapo del envite hecho por Liddell contra aquéllos que tratan de atrapar en crónicas y reseñas críticas una impresión de su arte. E iba a ser rica en referentes artísticos, porque Angélica Liddell es una gran usurpadora de las artes plásticas, musicales y cinematográficas. Pero aquí se queda la reseña, y paso a hacer algo más importante, que es acusar Liddell y a su equipo artístico de un exceso no tolerable: el vendaje de un niño de unos diez años mientras a su alrededor deambulan ancianos y jóvenes desnudos, que realizan poses sexuales.
Creo entender por qué Angélica Liddell necesita introducir en su obra a niños. Y no tiene sólo que ver con la referencia a la película Persona (1966) de Ingmar Bergman. La obra de la figuerense habla constantemente de binomios, de la vida y la muerte, de juventud y vejez, de belleza y putrefacción (¡cuánto Dalí hay en su obra!). Al sexo le falta su función primigenia que es la procreación, pero ella no puede situarse personalmente ahí. Mató a su padre en su obra, y estoy convencida de que, si pudiera, haría una escenificación de Saturno devorando a su hijo (Rubens, 1636 – 1638). El caso es que no puede hacerlo, no puede situarse en ese plano personal que tan bien exprime. Así que ataquemos a la infancia, y al niño como concepto.
En DÄMMON, Lidell venda los ojos de un niño real, de carne y hueso, y ante unos 800 espectadores, lo sienta en una silla de ruedas, rodeado de danzas en torno al sexo. El peligro está controlado, porque el niño no ve nada y está vendado.
La realidad es que no es así, el peligro no está medido. En parte, porque el niño está molesto con la venda y amaga con quitársela. Pero, en realidad, no es la mirada del niño la que hay que proteger. Es la mirada de los espectadores sobre el niño, en semejante situación, la que debería prevenirse. Todo el equipo artístico de la obra, y todos los teatros que están permitiendo semejante escena, han traspasado un límite, que son los derechos del menor. Por supuesto que es lícito llevar niños a escena, y en ocasiones es posible arriesgar y colocarlos en obras extremas. Pero siempre es necesario redoblar las cautelas, porque vivimos en un mundo excesivamente virulento para la infancia. El problema de dejar que Angélica Liddell cometa semejante barbarie escénica con un menor es que puede llevarnos al extremo opuesto, al de la mojigatería, el buenismo y la censura.

Y habrá ocasiones donde la presencia de menores siga siendo relevante. He visto una obra atronadora, de mensaje poderosísimo, sobre pederastas que acosan el espacio virtual. Y una actriz, de no más de trece años, estremeció al público enfrentada al depredador. La obra es L´inframon (The nether) fue montada en el Teatre Lliure con un enorme Andreu Benito. La presencia de la niña era apropiada y relevante, aunque estremeciese al espectador.
En una producción del National Theatre de Londres, la prestigiosa directora Deborah Warner presentó una sanguinolenta Medea, con Fiona Shaw como actriz principal. La producción, dura en su imaginario, contó con la presencia de actores niños, asesinados en la tragedia griega. En este montaje se cuidó al extremo la presencia de los niños con un protocolo que se hizo público en The Irish Times. Había un equilibrio entre la necesidad artística y el cuidado a los niños que aparecían en escena.

Hay otra obra clásica en la que el asesinato de menores es parte de la acción dramática. Se trata de Ricardo III. Hay un recurso artístico tremendamente efectivo, el de las marionetas, que muchas compañías han explotado. En 2021, una compañía que, como Liddell, explora el extremo escénico, Needcompany, puso sobre las tablas un homenaje a William Shakespeare, que incluía referencia al asesinato del joven Príncipe de Gales y de su hermano. La escena, salvaje y cruenta, sobre una bañera que es un lodazal de mierda, se hizo con dos espeluznantes marionetas.

En definitiva, sí se puede jugar al extremo con figuras infantiles sobre las tablas. En unos casos con imaginación y valiosos recursos artísticos. En otros, con niños actores, pero siempre que haya un límite artístico y se salvaguarde al menor.
A estas alturas, muchos espectadores hemos entendido el sacrificio artístico que juega Angélica Liddell. Va encaminada a su muerte escénica, y se siente cada vez más atrapada con el concepto. Las lesiones físicas (practicadas ya en los setenta por Marina Abramović) tienen un límite. Pero hay otro tipo de muerte, la del público (hoy llamada “cultura de la cancelación”) por la que viene apostando esta creadora. Pienso si Liddell no estará radicalizándose para lograr que seamos nosotros, el público, quienes la censuremos y la retiremos de los escenarios, condenándola a su muerte escénica.
En esta ocasión poco me importa, porque es seguro que ha sobrepasado un límite absoluto, que son los niños. Su propuesta artística sigue siendo válida, y sus textos siguen siendo poderosos. Pero debe retirar de las escenas de sexo al menor. Y buscar soluciones artísticas alternativas. Conmigo, me temo, que en esta ocasión ha sobrepasado un límite sin sustento artístico que además lo justifique.
La clá
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Teatros Canal

