Constelaciones. Teatro Valle Inclán.

En mecánica cuántica cada vez que existe una posibilidad pueden producirse resultados diferentes. Así lo explica uno de los personajes de Constelaciones, la nueva producción de Sergio Peris-Mencheta (Una noche sin luna, Castelvines y Monteses) y Barco Pirata que se estrena en el Teatro Valle Inclán. Esta máxima bien podría aplicarse al teatro y de ahí viene la magia de esta historia. Pese a la reiteración de escenas y texto, cada función es única y lo que espectadores y artistas viven un día será ligeramente diferente al día siguiente. El dramaturgo inglés Nick Payne (nacido en 1984) estrenó esta pieza en el año 2012, en el Royal Court Theatre londinense. Este teatro, situado en el barrio de clase alta de Chelsea, es un templo para dramaturgos ingleses contemporáneos. Un par de pistas. Fue en el Royal Court Theatre donde John Osborne estrenó en 1956 Look back in anger, o donde Conor McPherson hizo lo propio con The Weir en 1992.

Desde su estreno hace casi quince años, Constelaciones ha vivido numerosas reposiciones en teatros británicos, también internacionales. Incluso en algún momento se coqueteó con la idea de una película. La historia da para ello. Permítanme que frivolice pero no hay nada que más enamore a Hollywood que una película con saltos temporales, multiversos y juegos temporales. Desde el cine más comercial (Los vengadores), hasta películas mucho más indies. Por no hablar de Christopher Nolan, cuya filmografía sólo se entiende desde el prisma de la física cuántica (Oppenheimer, Interestellar, Tenet, Inception…).

El universo de Nick Payne no entra en las sofisticaciones de Nolan. Es mucho más cotidiano y se sitúa en el terreno de lo que los americanos llaman “RomCom”, una comedia romántica tejida con átomos cuánticos. Hay una película de 1998 protagonizada por Gwyneth Paltrow (Sliding Doors, aquí traducida por Dos vidas en un instante) que está más en la órbita de este drama de Payne. Qué ocurre con los pequeños instantes que pueden cambiar una vida. Cómo una conversación bien acabada puede conducir a un flechazo con el hombre de tu vida o, por el contrario, llevarte a casa soltera a tomar helado. William Shakespeare, sin saber nada de física cuántica, pero sí mucho sobre la condición humana, reflexionó también sobre la casualidad y el libre albedrío en su dramaturgia. Me remito aquí a una cita muy apropiada:

En las cosas humanas hay una marea que si se toma a tiempo conduce a la fortuna; para quien la deja pasar, el viaje de la vida se pierde en bajíos y desdichas.” (Julio César, c. 1599)

En esta producción que nos trae el Centro Dramático Nacional, Peris – Mencheta introduce más elementos al juego de opciones. De entrada, sirve una banda musical en vivo para amenizar ciertos pasajes, conducida por el actor y músico Litus (Lehman Trilogy) que hará también de maestro de ceremonias al contarnos las reglas del juego. Esta obra tiene un elenco de seis intérpretes, con quince combinaciones de parejas y cuatro universos sonoros. El resultado son sesenta realidades posibles, en las que sea cual sea la combinación, la pieza acabará en colapso (me temo que sí, esta historia viene predeterminada por el drama de la enfermedad). La permutación de intérpretes que se dio en la pieza que vimos el pasado 13 de febrero fue la compuesta por la actriz Clara Serrano y el actor Diego Monzón.

La historia cuenta los sucesivos encuentros posibles entre dos personajes, Clara y Diego, que en el plano temporal que conocemos, acaban siendo pareja y viviendo juntos. La historia de Payne, sin embargo, tiene la habilidad de explicarnos a través de los diálogos interrumpidos de sus protagonistas, que ésta es tan sólo una posibilidad. En cualquiera de esos encuentros podría no haberse producido la chispa, podrían no haberse cruzado en el momento idóneo. La premisa es, por tanto, la de una comedia romántica, y son esos dos elementos los que no encuentro en este montaje. Cualquier historia cuántica viene condicionada siempre por un exceso teórico que hay que amasar bien para que no se quede en un planteamiento puramente cerebral. El escenario redondo y giratorio de Javier Ruiz de Alegría o incluso la banda de música, parecen hallazgos para envolver a los actores, pero no acaban de ligar. Hay demasiado espacio entre unos y otros, y no ayuda la intermitencia de luces escogida para marcar los cambios de tiempo. Me encanta la apuesta por actores jóvenes y talentosos que ha hecho Peris-Mencheta, pero creo que sufren la desnudez de un entorno que no les arropa y durante buena parte de la obra una historia bonita y romántica se torna mecánica. Salvo en la escena más dramática, que es la de la enfermedad de ella, en la que Clara Serrano y Diego Monzón sí sacan esa complicidad que hemos vivido a ráfagas para mostrar el verdadero amor que les une ante la fatalidad.

En puridad debo admitir que si el montaje me resultó frío, no fue así para el resto de los espectadores. Y no puedo olvidar que ésta es sólo una crítica posible, que en distintos planos las habrá muy elogiosas. Lamento que a mí no me conmoviera.

La clá

www.lacla.es

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