
El Teatro de Bellas Artes repone “El padre”, obra del venerado dramaturgo francés Florian Zeller (París, 1979) en torno al proceso de envejecimiento y pérdida de memoria . El argentino Héctor Alterio la subió sobre las tablas hace unos cinco años, con enorme éxito de cartelera. Me perdí aquella representación, y no será por el dilatado tiempo que estuvo en cartel. Puedo imaginar la interpretación de Alterio, suave, incisiva y conmovedora. Ahora, un actor de físico mucho más contundente, Josep Maria Pou, debe llegar al mismo estado final. Y vaya si lo hace.
Para mi Pou es una religión desde que le descubrí en Arte de Yasmina Reza (Teatro Marquina, 1998). Desde entonces intento seguirle siempre porque nada de lo que monta deja indiferente. La última vez fue en la transgresora Erresuma / Kingdom / Reino (2022), dirigida por Calixto Beitio. Ha hecho de profesor universitario en Viejo amigo Cicerón (2021), de Ahab en Moby Dick (2019), de rico londinense en la emocionante A cielo abierto (2013) con Nathalie Poza, o de Orson Welles en Su seguro servidor (2010).
Pou no sólo es un actor majestuoso, diría que es además un gran descubridor. A Pou le debemos que haya traído a nuestras tablas obras de dramaturgos contemporáneos de gran éxito en Francia o Gran Bretaña (textos de representación cara por el precio de compra de derechos). Recuerdo cuando trajo a escena un texto provocador como es La cabra, ¿o quién es Sylvia? (2007), pieza en la que interpretó a un señor que se enamora de un cuadrúpedo.
En Madrid, José María Pou tiene casa en el Teatro Español y, muy especialmente, en los teatros del Grupo Pentación (La Latina o el Bellas Artes). Vuelve a la escena madrileña en un papel difícil de hacer para un actor que encara el tercer acto porque trata de la senilidad y del proceso de envejecer. El protagonista es Andrés, un antiguo ingeniero octogenario que empieza a evidenciar lapsus de memoria y crisis de agresividad. Su hija trata de gestionar sus cuidados, contratando primero una cuidadora, luego llevándole a casa y, finalmente, internándole. La historia es un dramón cuyo autor, Florian Zeller, supo mimbrar con astucia. Los vacíos de memoria se representan con duplicidades de escenas. Zeller coloca al espectador en la cabeza de Andrés, de forma que sienta los desvaríos mentales en los que se ve sumido. Creo que es el mayor acierto de la propuesta: el anciano ve cómo su hija toma distintos aspectos. Olvida si está casada, o lo estuvo, o lo estará. Confunde el nombre de su yerno, en realidad no sabe bien quién es el yerno.
La obra, El Padre, ha tenido un éxito absoluto en teatros de todo el mundo. Se llevó incluso el Premio Molière en Francia y ha sido llevada al cine con Anthony Hopkins como protagonista. También ha sido destacada como una de las piezas teatrales internacionales de las últimas décadas. Entiendo el éxito. Es una historia que se repite en cualquier familia que viva en Francia, Alemania, Reino Unido, Argentina o España. El texto es ágil, y los juegos temporales y de situación está bien empalmados. A nivel de escritura, digo con orgullo que dramaturgos como Pablo Messiez, Denise Despeyroux o Juan Mayorga alcanzan cuotas mucho más altas en el uso de historias y diálogos. Pero lo cierto es que El Padre tiene un buen ritmo y una historia relevante desde el punto de vista social.

En la puesta en escena que ahora está en cartel del Teatro Bellas Artes hay una enorme calidad escénica. Paco Azorín, que es uno de los grandes escenógrafos operísticos, apuesta aquí por una puesta en escena aparentemente sencilla. De entrada, crea una caja escénica que encuadra la acción (algo en la línea de lo que hizo en Refugio – 2017 -), sólo que en esta ocasión tiene un carácter estático. Y le da vida simplemente con la iluminación (algo que he visto hacer recientemente a la diseñadora inglesa Es Devlin). Los colores nos hacen recrear en la imaginación el calor del hogar o la fría habitación de un centro hospitalario.
En El Padre los papeles principales son para padre (Josep Maria Pou) e hija (Cecilia Solaguren). Pero la producción no escatima en los roles secundarios: Elvira Cuadrupani, Jorge Kent, Alberto Iglesias y Lara Grube complementan el cartel haciendo de enfermas y yernos que se confunden en la cabeza del anciano protagonista.
La faena está hecha para que se la lleve el actor principal, en este caso Pou. La historia es triste, pero es de agradecer que Zeller no haya hecho un texto sentimentaloide, si bien, en las manos de director (Josep Maria Mestres) y de actor (Pou) está que no se produzcan excesos interpretativos. Por supuesto que no los hay. Pou tiene demasiada altura como para saber que este es un papel que debe recorrer con moderación. Tiene, por ejemplo, la inteligencia de gritar sin alzar la voz. Cualidad del todo pasmosa. Empieza siendo un anciano vigoroso para, paulatinamente, ir menguando hasta acabar siendo un ser indefenso. Hay incluso un homenaje hacia un papel que él conoce bien, el Rey Lear. En el ocaso de la función, el pobre enfermo, ya totalmente abatido, lanza un grito sordo, como el del decrépito rey ante su hija, Cordelia, muerta. Pou interpreta ese ahogamiento, ese morder un último suspiro.

Cecilia Solaguren ofrece el papel de una hija sobria, de nuevo muy bien medida. Parca, de tono constantemente preocupado, le da una réplica clásica a Pou, trazando bien la relación entre los dos. Elvira Cuadrupani tiene una escena final de enfermera, corta pero muy efectiva, recordando ese cariño de oficio que adquieren los profesionales de la enfermería. Lara Grube es la tierna cuidadora que muestra una atención quizás más sentida, de ahí que el anciano conecte mejor con ese afecto que percibe más real, menos artificioso. Jorge Kent dobla papel de yerno imaginado y de enfermero, y en su primera aparición comienza a vislumbrarse el juego teatral tejido por el autor, Florian Zeller. Alberto Iglesias hace un papel muy contenido para lo que suelen ser sus protagonistas, pero sólo en unas frases bien puestas es capaz de mostrar el hartazgo del yerno. Su proyección de voz es siempre admirable.
El conjunto hace que la obra sea sin duda para Josep Maria Pou, que marca cada frase y cada gesto. “Tengo dos relojes”, dice, “uno en la muñeca y otro en la cabeza”. Y con ese juego de realidades va replegando a un hombre en su final de vida. Con Pou sólo, sobre escena, ya habría obra, pero admiro que Josep Maria Mestre no haya querido ningunear ninguno de los papeles pequeños, ni siquiera la escenografía. Todos en su sencillez y sobriedad, hacen que El padre no caiga en la sensiblería, y dejan que Pou brille por lo que es. Uno de los grandes de nuestra escena, un tratado de oficio sobre las tablas.
La cla
www.lacla.es
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El Padre. Teatro Bellas Artes.
https://www.teatrobellasartes.es
Duración aproximada: 90 minutos.
Imágenes de David Ruano, cortesía del equipo de prensa.


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