Los Gestos. Teatro Valle Inclán.

Fruto del resultado de la estancia del dramaturgo y director Pablo Messiez en la prestigiosa Real Academia de España en Roma, llega el estreno de Los gestos en el Teatro Valle Inclán, del Centro Dramático Nacional. La Academia invita a artistas en activo a desarrollar su trabajo durante una estancia de corta duración en Roma. Es un lugar de enorme prestigio, y entre los insignes becarios se cuelan nombres de grandes pintores como Antonio López o el arquitecto Rafael Moneo. Históricamente, la mayoría de los becarios han estado vinculados a las artes visuales, aunque últimamente se cuela algún proyecto dedicado a la cinematografía o las artes escénicas.

Intuyo que la estancia en la Academia debe tener como resultado la presentación de un proyecto, en forma de obra o indagación artística. La última obra de Messiez, Los Gestos, es el resultado artístico de su estancia en Roma. Lo italianizante siempre ha estado muy presente en Messiez, en especial en ese amor absoluto suyo por la canción italiana, que se viene colando de manera continuada en sus últimos montajes (Cuerpo de baile, Las canciones).

Noto cierto apabullamiento de Messiez ante tanta Italia. De entrada, en el planteamiento de la obra: un autor (que es él, pero no lo es), viaja a Roma. “Hay un hombre parecido a mi que va a Roma”, dice Nacho Sánchez (actor con el que Messiez ya trabajó en la sobrecogedora La piedra oscura). Messiez abre una hendidura en esta pieza hacia el desdoblamiento, ese síndrome psiquiátrico que hace que una persona se sienta ajena a sí misma. Un tipo que no es él viaja a Roma a escribir, y se siente demasiado consciente del peso de la tarea: “después de Roma no hay nada”.

Curiosamente la Roma que retrata Messiez no es la clásica. Sí, hay alguna referencia en forma de imágenes hacia alguna Pietà, y se usa el sonido de campanas de la ciudad en las escenas iniciales. Pero la Italia que se retrata es de aspecto más bien setentero, reflejada vivamente en el personaje de Fernanda Orazi (Topazia), con peinado bien marcado y aires de presentadora eurovisiva.

Así pues, tenemos una Roma desmaterializada y desdoblada, que representa ese apabullamiento al que me refería. Una especie de síndrome de Stendhal reflejado en esta obra.

Más allá de los sabores italianos de la música, de la ciudad y los personajes, la pieza en realidad es un ahondamiento de Messiez en el territorio de combate que mantiene consigo mismo, con el teatro y con la palabra. Esta incursión surge ya en sus primeras obras. En Muda (Teatro Pradillo, 2010) confeccionó un personaje que no habla en escena. Más tarde, en la maravillosa El temps que estigem junts (Teatre Lliure, 2018), uno de los personajes se rompe con el dolor, incapaz de expresar nada: “palabras no, palabras sobran”. Esa alienación de la realidad es la que llevó a unos hermanos a encerrarse a escuchar música en la originalísima Las canciones (Pavón Teatro Kamikaze, 2019). “Nos cansamos de las opiniones de la gente”, explica uno de los hermanos en Las canciones, “nos aturdimos y quisimos callar”. Messiez llevó este posicionamiento a su máxima expresión en Cuerpo de baile (Teatros Canal, 2021), en la que directamente la palabra no se dejó ver. Los protagonistas, principalmente, bailaban en una sucesión narrativa de canciones y músicas.

Después de la exitosa La voluntad de creer (Naves del Español en Matadero, 2022), vuelve un Messiez mucho más experimental en la línea apuntada en torno a la escritura y la palabra en escena. Es fácil captar lo que ha pretendido el dramaturgo. Por un lado, crear un espacio atemporal, de tiempos repetidos y ralentizados hasta la extenuación, jugando en contra de lo que es el ritmo teatral (ojo, que Messiez es un versadísimo director de escena, luego el resultado es conscientemente pretendido). Por otro, centrarse en el teatro como máscara, y en el propio rol de los actores. Fernanda Orazi (como siempre, la mejor aliada de Messiez), lucha contra gestos que no representan sus sentimientos: “el sentir es mío, el gesto no”. Y lo dice con una enorme sonrisa mientras nos comparte su angustia: “se me pone esta cara de otra cosa, otra gente”. Como siempre, Messiez, a través de Orazi, se mueve en tierras profundas a través de un ligero tono humorístico.

Veo en esta nueva de pieza un intento fallido de continuar su exploración en torno al sentido del teatro, en esa combinación necesaria entre gesto y palabra. Entiendo bien lo que ha tratado de hacer, pero a fuerza de jugar con el tiempo ha conseguido que éste se mastique en cada escena de la obra. Los diálogos no tienen la fuerza de otros textos suyos, tampoco la historia, y los movimientos de sillas son impropios de alguien que no necesita de este recurso tan manido. El planteamiento artístico, no obstante, es osado. Messiez ha querido ir al grado cero de la escritura, nos lo dice su propio alter ego: “fijar con palabras lo que hay, nada más”.

A su vez, pienso que el fracaso viene de la voluntad consciente del dramaturgo de adoptar un nivel elevado de riesgo, lo que convierte a esta obra fallida en un experimento de enorme importancia. Pablo Messiez es un dramaturgo que no se pliega, que combate consigo mismo y arriesga. Por eso sigue siendo bendecido por las musas. Messiez fue a la Academia a investigar, y nos ha traído este experimento gestual.

La clá

ww.lacla.es

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Los gestos. Teatro Valle Inclán, Madrid.

https://dramatico.mcu.es/

Duración aproximada: 1 hora y 30 minutos.

Imágenes de Luz Soria, cortesía del equipo de prensa del CDN.

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